14 Dec, 17

El gravísimo problema del embarazo adolescente no tendrá siquiera una solución parcial hasta que el Estado no lo ataque en su raíz: los conflictos de comunicación entre las hijas y sus padres.

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Los medios de comunicación le han dado bastante cobertura al caso de la desaparición de la adolescente Emely Peguero, quien saliera desde su vivienda en San Francisco de Macorís hacia un hospital para que los médicos chequearan su primer embarazo con apenas 16 años. Hay que suponer que su familia está viviendo días de angustia y desesperación extremos, ya que es casi inevitable que a sus mentes solo llegue la terrible idea de que hija desaparecida podría estar muerta.

 

Soledad y sufrimiento de la jovencita embarazada

Escribo sobre este conmover caso de Emely con tanto pesar como si fuera una de mis hijas porque, precisamente, hace varios años mi tesis para la maestría (2012) en Psicoterapia familiar, la hice con adolescentes que se embarazaban por primera vez. Y mis hallazgos en ese trabajo de investigación que duró seis meses, confirmaron que el problema de las adolescentes que se embarazan en la República Dominicana es doblemente horroroso emocionalmente para ellas porque tienen que afrontar el regaño y disgusto de sus padres, los síntomas del embarazo que las desconciertan y asustan, el cotilleo de los vecinos indiscretos, el miedo a lo que les pasaría si el embarazo y el parto se complican, y para colmo de males, el chico o adulto que la embarazó desaparece de su vida, en un intento por “desembarazarse” de su víctima tan pronto ella le da la noticia sobre su embarazo. (Solo en el hospital Cabral y Báez son atendidas por amenaza de abortos cada año un promedio de 1,200 adolescentes y un 28% de estos terminan en abortos completos y un 17% de todas esas adolescentes llegan a parir bebés natimuertos).

En aquella investigación, se tomó una muestra aleatoria de 110 adolescentes embarazadas para observar y estudiar cómo funcionaban las relaciones entre ellas y sus familiares a partir de conocerse el embarazo. El hecho de llevar a cabo las visitas a sus hogares y el diálogo con las jovencitas y su familia acerca del embarazo y observar cómo reaccionaban los familiares frente a sus hijas a causa de esa nueva situación, me llevó a la conclusión, bastante dolorosa por cierto, de que el gravísimo problema del embarazo adolescente no tendrá siquiera una solución parcial, hasta que el Estado no lo ataque en su raíz: ¡los conflictos de comunicación entre las hijas y sus padres!

 

Una investigación con hallazgos alarmantes

¿Cuál fue uno de los hallazgos más llamativo de aquel estudio? De las 110 adolescentes embarazadas por primera vez y sus familias incluidas en el estudio, que acudieron al hospital para recibir atención prenatal, apenas un 12% de ellas estuvo acompañada de la mamá o una hermana, y excepcionalmente, de la madre del novio de la jovencita.

¿Qué razones dieron muchas madres para justificarse de por qué no acompañaron a sus hijas embarazadas al hospital? Pues un 44% respondió que se sentían demasiado molestas (“encojonadas” con sus hijas fue el término que usaron), un 18% respondió que no fueron porque sus maridos se opusieron, porque si la acompañaban eso daría lugar a que su hija pensara que no había hecho nada malo, otro 10% dijo que desconocía totalmente el embarazo de su hija, otro 9% expresó que estaban enfermas y un 7% estaba en el trabajo. Es decir, que la mayoría de aquellas jovencitas fueron solas al hospital y se mostraban tan nerviosas o asustadas, que la gineco-obstetra y yo debíamos dedicar varios minutos para tranquilizarlas y no asumieran toda la culpa por un embarazo que, aunque fuera normal, ocurrió a destiempo y era desaconsejable.

Pero en sus hogares la situación era desesperante para aquellas adolescentes, porque en el ambiente hogareño solo se respiraba reproches de los padres y una falta absoluta de comprensión hacia sus hijas. Solo sentían apoyo de sus hermanas y alguna que otra tía. Por suerte que ya al llegar al sexto mes de embarazo, en base al empleo de lo que yo llamo “terapia de ablandamiento” de los familiares, logré que cerca del 90% de las jovencitas recibiera el apoyo de su familia hasta el día del parto.

 

A los hombres no les importa

En el caso particular de Emely, debo decir que su familia falló al no tomar la precaución de acompañarla al hospital y permitir que fuera el novio quien asumiera esa función que, en el caso de una adolescente embarazada, solo debe cumplir un miembro cercano de su familia a quien la jovencita le importe. Es probable que la familia de Emely pensara que si la acompañaba el que la embarazó, mejor, pues indicaba que estaba asumiendo su responsabilidad. Lamentable error, pues en la República Dominicana a la mayoría de hombres que embarazan adolescentes o a mujeres adultas no les importa en lo más mínimo el problema y sufrimiento que provocan. Dejarla “botá” en el camino, en el hospital o en otro pueblo, es un conducta común en ellos. De todos modos, como padre de familia y como terapeuta familiar me solidarizo con la familia de Emely que sufre por su desaparición, y espero que este penoso caso sirva para redireccionar la acción del Estado sobre el embarazo adolescente hacia la fuente de la tragedia: la familia de la jovencita embarazada y la del autor del embarazo. Padres de familia, cuando a sus hijas menores las embaracen, no las culpen, protéjanlas física y emocionalmente en todo momento.

 

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